Blog dedicado a esas hermosas almas con cuerpo de mujer

"La mujer no nació de la cabeza del hombre para estar por encima de el ni de los pies para ser pisoteada, la mujer nació de la costilla del hombre para ser abrazada y protegida"

sábado, 29 de mayo de 2010

LA REBELIÓN DE LA REINA BOUDICA CONTRA ROMA


La invasión de los romanos a las islas británicas fue ordenada por el emperador Claudio, quien buscaba una campaña que le diera un triunfo resonante ante sus compatriotas.

Sin embargo, debe mencionarse que el primero que llegó a Britania fue Julio Cesar en el año 55 AC La justificación del envío de tropas a la isla fue la petición de ayuda que efectuó el rey Verica, aliado del imperio romano, en contra de sus oponentes Togodumnus y Caracatus, quienes se habían constituido en una amenaza para el amigo de Roma.

La expedición, bajo el comando de Aulus Plautius, estuvo integrada por las legiones IX (Hispana), II (Augusta), XIV (Gemina) y XX (Valeria Victrix). Estas derrotaron a los celtas en cercanías del río Medway. Tras la victoria, once reyes locales se rindieron ante Roma en el año 43 de nuestra era.

Los icenios, descendientes de los celtas, eran guerreros de oficio y ocupaban los terrenos de la actual Norfolk. Sus armaduras estaban remachadas en oro, peleaban desnudos y precedían el ataque con ruidos de trompetas.

El romano Ostorius Escápula fue nombrado gobernador de Britania. Debido a la prohibición de usar armas de guerra, se levantaron las tribus de la isla, comandadas por los icenios, luego de la muerte de uno sus reyes de nombre Prasutag.

La viuda de Prasutag, Boudica o Boudicea, pertenecía a la aristocracia icenia. Probablemente nació hacia el año 26 de nuestra era. El historiador Dión la describe como una mujer muy alta, de cabello rojizo hasta la cintura.

A la muerte de Prasutag, sus propiedades fueron saqueadas por funcionarios romanos al servicio del procurador Cato Deciano. Sus hombres, no contentos con el robo, tomaron prisionera a Boudica y sus dos hijas y las sometieron a tortura y violación.

Al ser liberadas, la reina y sus dos hijas congregaron a todos los miembros de la tribu de los icenios y los incitaron a la guerra contra el invasor romano.

Miles de guerreros se unieron en cuerpos de combate y avanzaron sobre Camulodunum (la actual Colchester).

Ciento veinte mil celtas enfurecidos se presentaron frente a la ciudad en el año 60 de nuestra era y la atacaron en masa. La guarnición romana allí presente no pudo defender la población y, a pesar de una dura resistencia, se vio obligada a retroceder paulatinamente.

Los legionarios corrieron hacia el templo local, que logró sostenerse por dos días adicionales, pero al final fueron hechos pedazos. Los británicos se dedicaron entonces al saqueo de la infortunada población.

Alarmados los comandantes romanos con la situación, enviaron de inmediato a la más cercana guarnición la orden de atacar a los rebeldes. La orden recayó sobre la IX Legión Hispana, al mando de Petilio Cerial. Éste dispuso la marcha de tres mil hombres de su Legión, quienes avanzaron hacia Camulodunum.

Para su desgracia, fueron interceptados por rebeldes icenios, quienes los desbarataron por completo, matando dos mil quinientos legionarios.

Suetonio, el Gobernador General de Britania, se dirigió a marchas forzadas a Londinium, que por ese entonces no era ciudad fortificada ni preparada para la defensa militar, motivo por el cual Suetonio la abandonó.

Los habitantes de la futura Londres reclamaron la presencia de las tropas romanas a gritos. Sin embargo, todo fue en vano. La táctica militar del imperio exigía una retirada hacia sitios más protegidos. En ella quedaron cientos de personas indefensas y aterrorizadas.

Y no era para menos. La llegada de los icenios, ávidos de sangre y venganza, representó la muerte en masa de toda esa población rezagada y dejada a su suerte por los soldados romanos.

Los que se atrevieron a combatir fueron despedazados por las espadas de los icenios y sufrieron las muertes más atroces. A las mujeres, luego de arrancarles los senos, las empalaron en estacas de madera.

Y de la masacre no se salvó nadie. Ni siquiera los animales de trabajo que, una vez conducidos los vencidos a los sitios de sacrificio, eran también degollados.

Los icenios se dirigieron entonces a Verulamium (la actual Saint Albans).

Sus habitantes eran odiados entre sus propios congéneres por haberse distinguido por su colaboración con los invasores. Por fortuna para ellos, muchos lograron huir del avance icenio y se refugiaron en la cercanía de otros campamentos romanos.

Con quienes se quedaron en la ciudad no hubo cuartel y mucho menos compasión. Todos fueron pasados a cuchillo, torturados o sacrificados. Sus edificios fueron quemados hasta los cimientos.

Sin embargo, la reina Boudica y su ejército cometieron un terrible error. Aún sabiendo que Suetonio se encontraba débil militarmente y que hubiese sido sencillo vencerlo, decidió permanecer en Verulamium con sus tropas. Esta fue su más trágica decisión. El gobernador de Britania llamó entonces a todas las legiones disponibles en el sur y centro de la isla. Contaba especialmente con la XI Legión (Augusta), debido a su veteranía y poderío en combate. Sin embargo, por razones no bien comprendidas, la XI Legión no llegó, pues su comandante Poenio Póstumo no respondió al llamado de su superior. Las que sí concurrieron fueron las legiones XIV y XX, además de una serie de auxiliares que fueron rápidamente adiestrados y organizados en el nuevo ejército de quince mil legionarios veteranos. Suetonio decidió entonces atacar a los británicos. Para ello eligió un sitio de batalla que tuviera un desfiladero y un bosque a espaldas del ejército romano.

Y lo encontró en la región de West Midlands. Era el año 60 de nuestra era. Cada jefe arengó a sus tropas. Boudica les gritó, entre otras cosas: “...ganaremos esta batalla o moriremos! Eso es lo que yo, que soy mujer, me propongo hacer. Que los hombres vivan esclavos si lo desean...”

Suetonio, a su vez exclamó: “...no temáis su espíritu rebelde. Su audacia nace de su temeridad, pero sin las armas ni la disciplina...Somos romanos y hemos conquistado el mundo gracias a nuestro valor...”

Los celtas, indisciplinados, desordenados, pero valientes en combate, formaron sus líneas de ataque, con largas espadas y sin armaduras. Los acompañaban sus familias, colocadas en carretas en la retaguardia. Su número llegaba a doscientos mil efectivos.

Los romanos, perfectamente organizados y protegidos con cascos metálicos, protectores de cuello, armaduras de cuero y sandalias remachadas, se dispusieron por secciones. La infantería, protegida por escudos, estaba armada de lanzas, espada y daga. La caballería, con grandes lanzas y protección en cuero para el jinete y su cabalgadura. Los celtas atacaron primero. Lanzando aullidos de combate, en un trasfondo de música de trompetas, avanzaron hacia las legiones, que permanecieron impasibles hasta cuando tuvieron a los bárbaros muy cerca. En este momento, la parte media de la infantería ligera avanzó a paso rápido, formando una poderosa cuña, respaldada por la in fantería pesada y los auxiliares. Las lanzas y jabalinas de los infantes brotaron de la letal cuña como espinas malignas que atravesaron el cuerpo de los desprotegidos icenios, que esperaban un combate cuerpo a cuerpo en igualdad de condiciones. En cambio, recibieron la andanada de las lanzas y fueron rematados por las espadas cortas de los imperiales. En vano los jefes celtas trataron de organizar el contraataque. Sus enfurecidos soldados, despreciando la muerte volvían una y otra vez a la carga, simplemente para recibir el mismo tratamiento de los romanos, protegidos perfectamente por su pared de escudos. Cuando por fin lograba conformarse un grupo organizado que atacara la masa legionaria, los sorprendidos británicos recibían por la espalda el ataque de la caballería italiana, que los masacraba sin piedad. La vanguardia cuneiforme romana continuó abriéndose paso a través de los miles de combatientes y llegó has ta las carretas de los bárbaros, en don de masacraron a las mujeres y a los niños, lo cual produjo un efecto desmoralizante entre los bárbaros, que perdieron toda compostura de combate y fueron fácil presa de las legiones. En el campo de batalla quedaron los cuerpos de ochenta mil icenios y apenas cuatrocientos romanos. Los guerreros que cayeron en manos de los le gionarios fueron ejecutados sumatoriamente.

Los demás fueron degollados en el sitio de su captura.

Boudica y sus dos hijas, luego de escapar de la batalla, se suicidaron. No se conoce el sitio de su sepultura.

1 comentario:

  1. Pobre historicamente hablando, imagen que no tiene nada que ver... metelo en novelas.

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